Simbad el Marino

    Simbad, era un joven muy pobre que se ganaba la vida de a poco en Bagdad, su ciudad natal. Este joven era conocido entre los pobladores como “el cargador”, puesto que su trabajo consistía en transportar pesados fardos día tras día por toda la ciudad.


    Un buen día la situación de este joven llegó a los oídos de un anciano muy adinerado de la capital, quien lo hizo llamar. Al saber esto, Simbad se presentó en el hogar del misterioso señor para cenar y estando ahí el viejo, quien para sorpresa de Simbad, tenía el mismo nombre que él, procedió a relatarle parte de su vida.


    Esa noche el anciano le contó cómo perdió toda su herencia y que luego de quedar en la calle, tomó la convicción de recuperar la fortuna anteriormente perdida al lanzarse al mar junto a unos mercaderes. Esa noche la historia giró en torno a la primera isla que visitó, quien resultó ser una ballena que lo hizo naufragar de regreso a Bagdad.


    Por cada noche, Simbad el marino le relataba una aventura diferente a su tocayo, y al final de cada relato éste le concedía 100 monedas al muchacho junto con la petición de que volviese a la noche siguiente.
    La segunda noche la historia giró en torno a una nueva isla repleta de serpientes gigantes y diamantes. Luego, la siguiente noche fue en una isla de pigmeos y un único gigante de un solo ojo, de donde Simbad el marino también se las ingenió para poder escapar.


    Ya era un hombre muy rico en este punto de la historia, pero quiso continuar y es en la penúltima noche cuando le relata al joven cómo se casó con la princesa de una tribu caníbal.


    De la tribu caníbal también pudo huir, llevando consigo más joyas a Bagdad, pero no fue suficiente y es en la última noche cuando por diferentes circunstancias se encuentra con un cementerio de marfil, del cual regreso siendo aún más rico.


    En su última noche, al finalizar el relato, Simbad el marino le entrega a su joven amigo las 100 monedas de oro y, además, le pide que se quede a vivir con él. Es en esta noche cuando el anciano aprovecha para decirle que, si ahora gozaba de todos los placeres, es porque antes padeció todos los sufrimientos.