El Rico y el Zapatero

    Hubo una vez un zapatero que era el más feliz haciendo su trabajo. Todos y cada uno de los días se levantaba con el alba para abrir su humilde negocio y realizar o bien arreglar los zapatos que le llevaba la gente. Si bien su oficio apenas y le daba para vivir con lo justo día tras día, siempre y en todo momento hacía las cosas con alegría, por qué razón sabía que no precisaba de mucho para estar contento.


    Con tener buena salud, comida y un techo bajo el que vivir, le bastaba para sentirse agradecido y dichoso. Toda vez que se ponía a laborar en su taller cantaba, dando lo mejor de sí.


    Mas sus cantos incordiaban mucho al hombre rico que vivía al lado. Este último era un adinerado mercader, que tenía una gran casa en la que, su habitación compartía pared justamente con el tallercito del zapatero.
    Un día, agotado de escucharlo canturrear canciones, se presentó en su pequeño negocio.


    -¿Puedo consultar por qué razón canta todos y cada uno de los días?


    -Pues que me siento contentísimo.


    -Pero, ¿por qué razón? ¿Quizás gana tan bien arreglando los zapatos del resto?


    -¡Qué va! -respondió el zapatero- Con suerte y sacó lo bastante para el alimento del día. Mas eso no tiene por qué razón impedirme ser feliz.
    -Pues no comprendo a que viene tanta dicha, teniendo tan poco -el mercader sacó una bolsa llena de monedas de oro y se la tendió al zapatero-. Toma, puesto que. Ahora por lo menos sí que tienes una razón para ser dichoso. Y de esta forma vas a poder parar de trabajar y cantar sin razón.


    El zapatero se quedó impresionado al ver tal cantidad de dinero. De no tener nada había pasado a tener una riqueza que ni trabajando todos y cada uno de los días de su vida, había creído que iba a lograr.
    Le dio las merced al mercader y fue a poner su dinero a buen resguardo. Mas la verdad fue que desde entonces, jamás más volvió a sentirse feliz. Todo el tiempo tenía temor de que entrase un ladrón a quitarle su nueva fortuna, sospechaba de sus vecinos y no dormía bien, a sabiendas de que ahora tenía algo que debía cuidar de toda costa.


    Pudo parar de trabajar, sí, mas ya no cantaba ni sonreía.


    De tal modo que tiempo después, tomó la resolución de reunir todas y cada una de las monedas de oro y devolvérselas al mercader rico.


    -¿Mas por qué razón hace esto? ¿No goza de su dinero? -preguntó , atónito.


    -Mire -dijo el zapatero-, ya antes era pobre mas feliz, gozaba mi trabajo y dormía cada noche muy a gusto, por qué razón sabía que absolutamente nadie tenía disculpa para entrar en mi casa. Teniendo tanto dinero no obstante, no puedo reposar por el temor a que me birlen o bien a desperdiciarlo. Conque discúlpeme, mas prefiero vivir de forma humilde si bien deba trabajar. Por lo menos me voy a sentir contento.
    Moraleja: El dinero no siempre y en todo momento es homónimo de dicha. Lo que más importa en la vida no es cuanto tengas, sino más bien hacer lo que amas. No ambiciones riqueza, ambiciona dicha y buenas experiencias.